El argot prohibido

19 Sep

Según la UNESCO, se hablan en el mundo un aproximado de 6 912 lenguas distintas. Al menos unos 358 millones de hispanoparlantes pululan, disgregados por todo el globo terráqueo. El idioma español guarda en su haber, alrededor de  500 mil palabras.

Sin embargo, en cada dialecto sobre la tierra existe un recoveco oscuro, un pasadizo maldito que conduce a la función desterrada del lenguaje: la expresión de las más ambiguas –e inherentes– pasiones y emociones de la humanidad. Es el vocabulario soez que designa esos estados de ánimo que por una especie de convencionalismo, encierran las peores facetas del hombre. ¿Un mal necesario o un crimen inevitable? ¿El trabajo sucio de la comunicación? “La poesía al alcance de todos” señala Octavio Paz en su ensayo Los hijos de la Maliche. (El laberinto de  la soledad, 1950)

Tras un paréntesis invisible de exilio cultural, las palabrotas se reivindican con el desfilar de las generaciones: nuestros padres las usan y a su vez sus padres también las usaron. Irremediablemente serán parte del habla de nuestros hijos y de los hijos de sus hijos por siempre –aunque quieran lavarles la boca con jabón– Son jerga intemporal, trascienden las épocas y tampoco respetan clase social, sexo o profesión. Después de sufrir un golpe, un fracaso o experimentar una injuria (ejemplo, te roban el estéreo del auto), todos las tenemos en el ápice de la lengua o mínimo escondidas en nuestro clóset mental. Algunas veces se clavan en el silencio o se mimetizan en nuestro semblante, se transforman en muecas y gestos o bien se manifiestan mediante señas y ademanes.

Aquí es donde cabe preguntarse ¿Quién o qué es lo que califica de obsceno una palabra, un lenguaje? Las altisonancias son voces que suelen apelar a cuestiones que estremecen al inconsciente colectivo atacando un tabú: irrumpen en lo sagrado, hacen mofa de la religión, de las costumbres de un pueblo, refieren al sexo, a la anatomía sin pudor, insultan directamente a una persona o circunstancia, etcétera.

Con el tiempo los significados se contraen o se expanden, varían de acuerdo a la geografía de sus parlantes y muchas veces se convierten en manzana de la discordia para la moralina de las sociedades.

Más allá de ser condenadas en la misma medida en que se les venera, las groserías, como en nuestro país se les conoce, son continuamente juzgadas a base de criterios hipócritas según contextos culturales contradictorios: para el oído puritano es inconcebible que una dama las articule y paradójicamente, sus censores suelen ser aquellos que las alimentan. Otro aspecto sociológico interesante resulta cuando las locuciones malsonantes se convierten en símbolo de status o le dan personalidad a una nación (Viva México). Dato curioso: recientes estudios por parte de la comunidad médica han apuntado que el pronunciar vigas ayuda a reducir el umbral del dolor y genera mayor tolerancia al mismo.

Últimamente hacer uso del folclor por televisión y radio, sirve como estandarte para la libertad de expresión de los jóvenes pero ¿hasta qué punto? ¿Será que es requisito para el público juvenil que sus adalides mediáticos desplieguen su florido léxico detrás de las cámaras para estar en onda? Tampoco es bueno irse a los extremos, porque como se mencionó en un principio, el castellano posee un acervo muy nutrido y francamente es un desperdicio que tres de cada cuatro de las palabras que profieres sean altisonancias, usurpes el nombre de todos por el pronombre universal (¡ay, güey!) o culpes a las madres por la incompetencia de la humanidad.

Además con el uso, como todo en la naturaleza, el idioma acaba por desgastarse, diluir su significado y en este caso, las palabrotas quedan inexorablemente reducidas a simples expresiones coloquiales. Hoy en día, la excesiva permisividad que la sociedad proporciona a la terminología inapropiada ha generado un desgaste semántico, dónde las personas crean inmunidad a las agresiones verbales, las chotean, hay una aceptación generalizada y se termina por incorporarlas al lenguaje cotidiano erosionando así, toda la connotación ofensiva; todo esto implica una verdadera catástrofe, porque en un futuro no podremos hacer uso de ese argot prohibido, precisamente porque ya no será más una válvula de escape.

Censurar las groserías en una época de libertinaje cultural ­–para muchos­­– está fuera de contexto, empero, sería bueno que no sólo se les aprobara como recurso dialéctico, sino que se aceptara que la sinonimia en nuestro idioma es lo suficientemente basta como para dosificar el uso de las malas palabras, guardarlas para cuándo sea necesario y sobre todo, preservar su intensa carga de significación tan imprescindible para nosotros, o al menos para mí. Las odias o las amas. Punto. - Hilda Hermosillo

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