Lame ojos

18 Sep

Sabía que no se debe lamerle, literalmente lamerle a nadie los ojos; por eso me contuve con los tuyos. Tienes ojos de ron y por el color es que lo digo. Si me hubiese atrevido seguro el paseo se jode y yo ñato con tus puños en la cara o con un policía tomándome del hombro como criatura tildada de grotesca para siempre.

Es cierto. Pensé en separarte un poco los párpados para lamerte. Es cierto también que caminamos juntos por Gonzáles Ortega y que ojalá nuestras cejas se enredaran mientras dan canciones en alguna parte, o después de ver cómo se vuelan las basuras que el camellón atrapa cual hacen mis dedos con los tuyos, y mis dientes con tus uñas; y por último, tu suéter claveteado con más de una viruta. Invoco luego para compartir contigo una cajetilla dura con pitillos que se tuestan prestos en tus labios máquinas de muerte. Tengo entonces que doblar la espalda para estirarme una calceta; en el descenso tu bajo vientre huele a mezclilla y piel lavada y por estar a media luz, Gonzáles Ortega vale más de todo lo que ahora tengo.

Tu nombre tiene origen griego, hace frío, el vino es más barato a una cuadra, no hay condones en mi bolsa: todo es dicho cerca del oído.

De inmediato nos negamos al abordaje de cafés donde primero hay que ordenar para permanecer, o volver a hacerlo para seguir permaneciendo mientras el verbo besar se manifiesta y todo es saliva, granos de lengua, saliva sobre los granos de la lengua. Sin tiempo de por medio te reconozco en los parabrisas, empalmo tu espalda a una pared erosionada pero tú renuente o crapulosa o mojigata decides caminar a solas.

Entonces el taxi chocando en tus rodillas, y seguramente las fracturas, la zapatilla a tres metros de distancia y el ron de tus ojos vertiéndose recién sobre Gonzáles Ortega.

flickr.com/photos/rachaelvoorhees

flickr.com/photos/rachaelvoorhees

- Carlos Alonso López

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