La experiencia del sur (una vuelta por el sur)
24 Oct
>> Por PRCB
No hace mucho en este mismo espacio uno de mis compañeros (Carlos Olvera) hizo una crónica sobre uno de los muchos secretos a voces de nuestra ciudad, me refiero al texto acerca del Cine Sala París. Un detallado recuento sobre todo lo acontecido durante una visita a dicho establecimiento, historia que sirvió para despejar algunos de los mitos que rodeaban a uno de los lugares más comentados de Aguascalientes.
En esta ocasión, me propongo hacer algo parecido con un lugar igual de mítico y del que todo mundo ha escuchado: “Las Violetas”.
Si de pura casualidad existe alguien que no sepa de qué estoy hablando, Las Violetas es la zona de tolerancia que existe en nuestro católico, apostólico y romano Estado de Aguascalientes, para ejercer el oficio de la prostitución y el fino arte del table-dance. Este místico lugar se ubica al sur del municipio capital de nuestro Estado (muy al sur) y es también conocido como: “El Violín”, “Mundo V”, “Ciudad Peluche”, “El Violento” y por supuesto “Las Viole”.
La existencia de este lugar en un Estado tan conservador como el nuestro, puede extrañar e indignar a muchos, pero sobre todo fascinar a otros. En lo personal he conocido a algunas personas que al serles propuesto por primera vez una visita a este lugar, inicialmente se sorprenden, luego se ponen nerviosos, enseguida se emocionan y como es lógico, acaban aceptando. ¿Qué es lo atrayente?: ¿El saber que es algo moralmente inaceptable?, ¿El poder satisfacer deseos que de cualquier otra forma requerirían de mucho esfuerzo?, ¿La certeza de ver mujeres desnudas?, ¿El sexo fácil?. Todas (en especial las últimas 2) son válidas.
Para que se lo sepan, “El Violín” consiste en una sola calle en forma de L con negocios en ambas aceras, algunos grandes y de imagen decente y otros que son como una casa del INFONAVIT despintada y con prostitutas adentro.
Hace algún tiempo, aconteció una fiesta a la que acudí con algunos amigos del salón; bastante buena la fiesta, mucho alcohol y música decente, desafortunadamente terminó temprano y la banda se quedó con ganas de más. Inicia el debate… ¿Y ahora qué? ¿Antro? No, a nadie le atraen los antros ¿Otra fiesta? No sabíamos de ninguna ¿Seguirla en casa de alguien más? Ya no había pisto y por el horario no era posible comprar más ¿Cada quien para su casa? Por favor…
De repente, una voz exclama con toda seguridad: -¡Ya se!, vámonos al violín. A la atrevida propuesta le siguieron unos cuantos segundos de silencio y miradas conspiradoras, sin embargo enseguida se dio la respuesta que tanto esperaba escuchar:-¡ARRE!
Y ahí vamos.
Así fue como viajamos hacia el sur, con emoción creciente y alcohol en la sangre. Con mis 18 años cumplidos hace apenas unos meses, yo era el único de la comitiva que aún no había tenido experiencias con la zona de tolerancia y sinceramente no sabía que esperar. Me la imaginaba como un lugar sucio, ruidoso, con prostitutas cada 5 metros ofreciéndote sus servicios y un poco peligroso. En el camino, mis amigos me daban un tutorial para comportarse en presencia de las sexoservidoras: “-si se te sientan, las manoseas tantito y les dices que no traes varo, piden una copa y te la andan cobrando bien caro-”. “- Pero tampoco te vayas a manchar, luego le hablan a seguridad y te corren a madrazos-“.
Pasados varios minutos, llegamos a nuestro destino. Lo primero que observé es que el violín era más grande de lo que me lo imaginaba; inclusive cuentan con un estacionamiento alumbrado el cual resulta bastante útil, ya que si uno decide dejar su vehículo en las afueras, corre el riesgo de ser robado (dentro del estacionamiento también, pero las posibilidades son menores). Entre el estacionamiento y los burdeles hay un punto de revisión por el cual uno debe pasar para ser esculcado por un oficial de policía, el cual se asegura que no tengas armas y por supuesto, checa que traigas una identificación que te certifique como una persona con la edad suficiente como para ver mujeres desnudas.
Después de la inspección, el de azul me comenta de manera muy sutil: “-Pos ahí lo que guste cooperar joven-”. Ni modo, la ley es la ley, así que le solté unos pesitos.
Terminado ese asunto, más de mis ideas preconcebidas sobre la zona de tolerancia se derrumbaron; resulta que es más limpio de lo que pensaba y no hay prostitutas cada 5 metros, más bien cada 15, o al menos esa distancia parecía. Dado que yo no tenía experiencia, no sabía que tugurio elegir. Uno de mis experimentados acompañantes recomendó que primero fuéramos a un burdel llamado “El Retiro”.
Así que entramos y resultó una porquería, ¡Vaya primera impresión! El lugar era pequeño, viciado con humo de cigarro, olía raro y los clientes tenían cara de matones. Parecía sacado de una película de Robert Rodríguez (como en Desperado o Sin City, no como en Spy Kids). Como es lógico, el establecimiento contaba con su respectivo escenario para que las muchachas se pusieran a trabajar, con todo y sus tubos.
La inconformidad que sentía no bastaba para largarnos, así que tomamos asiento repartiéndonos en dos mesas y pedimos varias cervezas. Inmediatamente llamó mi atención algo que se anunciaba en su tablero de precios: “cuarto por ½ hora, un condón y clínex (sic) $300”. Wow, entiendo casi todo, pero ¿Clínex [sic]?
No pasó mucho tiempo para que se nos acercaran varias trabajadoras del lugar, algunas se sentaron sobre las piernas de mis amigos y otras tan solo acercaron unas sillas. Para mi fortuna, la que se acercó conmigo decidió tomar una silla (digo que fue para mi fortuna pues la dama debía pesar como 80 kilos aproximadamente).
Definitivamente, estas prostitutas no eran como Julia Roberts en Pretty Woman, pensé. Eran muy poco atractivas, no tan jóvenes y con el encanto de una mula muerta. Combinaban muy bien con el resto del lugar. Después de que se dieron cuenta de que nadie iba a dispararles una copa se alejaron un poquito enojadas, pero justo a tiempo, pues en ese momento las luces se volvieron tenues y por las bocinas del lugar se escucho una voz anunciando: “-Caballeros, con ustedes ¡Casandra!-.”
La tal Casandra era una de las que se acercó a nuestro grupo .Como ya dije, era poco agraciada y un tanto vieja para su oficio (fácilmente rebasaba los 40 años). Y para acabarla, la maldita se puso a bailar “La carta”, de los Héroes del Silencio, que sinceramente la arruinó para más de uno, dejándonos grabada su imagen ¡mínimo que hubiera bailado de buena manera! pero ¡no!, su “baile” consistía de ir de un tubo al otro dizque haciendo caras cachondas que más bien la hacían parecer bajo los síntomas de alguna enfermedad.
La travesía no iba como yo la esperaba. Cuando Casandra terminó de hacer su rutina (bailó otras dos canciones ¡por favor!) y nosotros nuestras cervezas, procedimos a salir. A pesar de que el inicio fue bastante decepcionante, eso no era motivo para darnos por vencidos, aún había más lugares por conocer.
Salimos del triste sitio para dirigirnos a uno ubicado justo en frente, el cual a simple vista parecía ser de categoría superior. En ese establecimiento (cuyo nombre es difícil de recordar) primero se debía pasar por una nueva revisión de un guardia de seguridad en una especie de lobby, el cual estaba separado del resto del table por una puerta de acero. Pasada la revisión, el guardia tocó la puerta y ésta se abrió solo un poco, dejando escapar el sonido del caos que había adentro. Otra persona se asomó por la apertura de la puerta, volvió a cerrarla y pasados unos segundos el acceso se abrió por completo. El ambiente era totalmente diferente al del lugar anterior, estaba completamente abarrotado, la música a todo lo que daba, había luces estroboscopias desorientando a los sentidos y un escenario más grande. En pocas palabras: tenía mucha mejor producción.
La principal diferencia estaba en la calidad de las chicas trabajadoras; un mesero nos sentó en dos mesas cerca de la pista de baile y pedimos dos cubetas de cervezas, justo a tiempo para ver a Vanesa actuar, quien era una joven de cabello rubio, voluptuosa, bastante flexible, enérgica y con un disfraz de diabla que iba haciéndose cada vez menor al pasar las canciones (al final solo le quedaron los cuernitos). Su selección de música me pareció buena, bailó una rola de Motley Crue (“Dr. Feelgood”), otra del género Glam y para terminar, “Enter Sandman”. Roquerota la muchacha.
Vanesa terminó lo suyo, tomó sus prendas y bajó del escenario ayudada por un guardia del tamaño de un oso grizzli. Mientras esperábamos por la siguiente actuación una de las trabajadoras se sentó en el regazo de un amigo, él le murmuró algo al oído y me señaló; la tipa inmediatamente se levantó y caminó hacia mí, se sentó en mis piernas y me saludó: “-soy Perla, mucho gusto, oyes, tu amigo me dice que estás muy aburrido-.” Lo admito, me puse nervioso, se me revolvieron las ideas y no pude decir nada. Después de todo, me habían aconsejado que no dejara que se me sentaran, pero también me habían dicho que podía manosear un poco y después proceder a mandarlas a la fregada ¿Qué hacer?…
Entonces, Perla pronunció las palabras adecuadas: “- no te preocupes, tu amigo ya me pagó una copa.-” Excelente. Sin embargo, a pesar de que el problema del costo estaba resuelto, yo aún no sabía qué hacer, no sabía qué podía y qué no podía tocar, así que hice lo que cualquier persona que se siente extraviada hace, pedir indicaciones. La tal Perla me vio como pensando “Pobre estúpido” y procedió a tomar mis manos y pasarlas por todo su cuerpo. ¿Les mencioné que era morena, de pelo largo y oscuro, delgada, de piernas largas y bastante joven? Pues bueno, así era. En medio de la acción, un mesero le trajo su dichosa copa, la bebió mientras yo me entretenía y cuando terminó me dio la despedida más extraña de mi vida; me agarró de la entrepierna y me dijo: “-ya me toca trabajar, pero luego me la prestas ¿sale?-.”
No contesté nada y ella simplemente se levantó para seguir haciendo su ronda. Voltee a ver a mi amigo que me miraba con una sonrisa maliciosa en el rostro, a tan solo a un par de metros de distancia y desde mi lugar le agradecí el detallazo. Por estar cotorreando con Perla, no me fijé cuando otra chava subió a la pista y vestida con un atuendo militar bastante cortito, se puso a bailar reggaetón. Acabó su rutina y unos minutos más tarde fue reemplazada por Ashley (de acuerdo con el anunciador). Ahora bien, el detalle con esta muchacha es que contaba con una selección musical bastante decente. Empezó con “All along the watchtower”, de intermedio usó “Persiana Americana” y cerró con una de mis favoritas de todos los tiempos, “Comfortably Numb”. Pasó otra tipa que usó música de Fey (¿qué tal eso?), lo cual solo quería decir que era hora de irnos.
Salimos a la calle y si por mí hubiera sido, la noche bien podría haber acabado ahí, pero el resto de la banda quería dar un paseo, ya saben, para tomar aire fresco. Caminamos por en medio de la calle, la cual era iluminada por las luces de neón de los negocios, mientras que algunas mujeres (creo que eran mujeres) nos presumían sus habilidades y su bajo costo. Pasamos por enfrente de una cantina en donde, según me dijeron, al pagar por una canción de la rocola, tenias derecho a sacar a una de las sexoservidoras y toquetearla durante toda la canción que hubieras escogido. Paaaso.
Se supone que en la parte en que la calle dobla hacia la derecha, se encuentran los peores lugares, por lo tanto ni siquiera nos asomamos.
Ahora sí era hora de la retirada…
Salimos hacia el estacionamiento y en el camino nos cruzamos con un señor que se parecía sexagenario, acompañado de otro hombre más joven. Pudimos escuchar una parte de su conversación y dedujimos que eran padre e hijo.
Un hombre anciano, acompañado de su hijo, en la madrugada, en la zona de tolerancia… Fue con esta extraña visión que dimos por terminada la velada.
Y bueno, desde aquella primera vez, he ido en otras dos ocasiones, la experiencia sigue siendo bastante parecida a la inicial en cuanto al contenido, solo que ya no siento la inseguridad que me envolvió aquella noche.
Este es otro de los lugares aquellos lugares, de esos de los que todo mundo sabe, algunos comentan pero muy pocos los han experimentado. Si la curiosidad les nace y las circunstancias les favorecen, dense una vuelta por el sur. Chance y hasta les acaba gustando.


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