Antes que otra cosa, despejar cualquier duda semántica que pueda interponerse entre el lector y el título del presente artículo: Photoshop es una aplicación para la creación, edición y retoque de imágenes por computadora desarrollado por la compañía Adobe Systems, bastante popular entre diseñadores, fotógrafos, publicistas e informáticos. En el argot moderno, se han inventado expresiones como fotoshopear, fotoshopeador, fotoshopeado; todas ellas, vertientes de la utilidad de dicho programa: alterar la realidad [gráficamente hablando, por su puesto].
Para la generación multimedia, es decir jóvenes medianamente familiarizados con la tecnología, estos términos aplican con cierta normalidad (ejemplo: voy a fotoshopearme para borrarme las ojeras, ese cartel se ve demasiado fotoshopeado, etcétera) y nos remiten a una herramienta para combatir la inevitable imperfección del mundo que nos rodea, al menos desde el ámbito virtual.
Pues bien, en las revistas, la mercadotecnia y la política [¿cuál era la diferencia?] Photoshop es un valioso aliado que permite a los diseñadores gráficos replantear, remasterizar y recrear circunstancias visuales que no surgirían así de manera natural. Podría ser el maquillaje del nuevo siglo, por decirlo sin mayores rodeos, y quién conoce sus funciones y las utiliza con maestría, sabe de qué se habla: con algunos clics podemos aumentar las medidas de Victoria Beckham, volver más limpia una ciudad con fines de difusión turística y colgarle una sonrisa a la clase obrera que desde un espectacular, comparte responsabilidades. Pero volvemos al punto de partida: todo es un simple mapa de bits.
Más de una figura pública puede y debería agradecer al mencionado software que automovilistas y peatones no mueran aterrorizados de cuanto rostro hay pegado por las calles dentro de la propaganda: el Dios de los pixeles también desvanece arrugas, elimina verrugas, blanquea los dientes y hasta puede cambiarle el sexo a los ex presidentes para una nueva política. Increíble, ¿no es así? En mi caso, como transeúnte que se topa con publicidad de este tipo por todas las esquinas (de verdad), lo agradezco; pero también algunas veces pienso que los retratos deberían de cansarse de sonreír…
Ahora viene mi analogía: ¿Dónde obtuvieron las autoridades ese Photoshop versión CS-Realidad? De pronto lo que había en el monitor escapó de la computadora y la voluntad de un creador se tradujo al acontecer diario de un estado, de un país, del mundo, y qué miedo, todo siguió siendo tan fácil. Con algo de destreza fue posible restar luz y fuerza, y subirle de tono a los impuestos. La república tan pintoresca, con esa acuarela de demagogia. Ahora algo más cerca: 900 millones de pesos se diluyeron en una gama de discursos imposibles de transparentar para el estado mientras la cosmovisión popular continúa embutida en un lienzo blanco.
Dicen que nada existe si no hay una fotografía que lo represente, pero también es cierto que una imagen miente más que mil palabras y desde esta arista, las trampas que nos tiende el a-simple-vista de los hechos, nos exige afinar nuestras capacidades de interpretación. La manipulación persistirá con o sin Photoshop y lo irónico estriba en el uso que se le da, digo ¿porqué a nadie se la ha ocurrido todavía cambiarle esa carota a la señora Gordillo?
- Hilda Hermosillo
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23 November, 2009 – 11:40 // 
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