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En la boca del lobo

Por: Miguel Ramos “Choco”.


Es de sorprender que el humano pueda vivir con tantos miedos y que todavía necesite prepararse para tener un susto adecuado o una reacción precisa a lo que se teme, porque si grita de manera equivocada no podrá disfrutarlo como los demás.

Hasta cuando el peligro no está presente uno está esperando a que suceda, porque así nos han dicho que debemos de ser. Como un ejemplo propio, recuerdo que cuando estudiaba sexto de primaria tomé unos cursos en las tardes, cerca de la escuela, no tan cerca de mi casa. Las primeras ocasiones fui acompañado por mi mamá, para aprender cómo parar un camión, pagar, dónde timbrar o, en todo caso, cómo gritar bajan, y de regreso. Me había prevenido también de los posibles peligros.

Uno de los primeros días cuando ya me iba solo, estaba esperando el camión para regresar a casa y un hombre extraño (todos los hombres en la calle son extraños) estaba esperando también. Llegó un camión que no era el mío y se detuvo unos metros más delante de la parada, y el hombre extraño comenzó a correr hacia mí, porque así  lo vi. Yo salté hacia atrás para evitar el supuesto ataque sin motivo,  pero después me di cuenta que él siguió corriendo hasta subirse al camión que lo esperaba. Tenía once años y ya conocía este miedo antes del miedo; Porque se teme cuando el monstro te toca, no cuando está atrás de ti.

Se dice que lo desconocido es lo más temido porque ante esa situación uno se encuentra indefenso porque no sabe de qué huye o si puede enfrentarlo, ni sabe si puede ganarle. En esos casos ninguna de las tres opciones es la correcta, por lo que quedan por tomar dos posturas:

1) Pedir ayuda divina; ya que lo invisible quizás pueda vencer a lo invisible.

2) La incredulidad; fabricando nuestra versión del origen del miedo para matar lo que pensamos que no existe. Pero ¿se puede hacer esto?

Luego vienen las divisiones y los últimos intentos de cambiar la postura del oponente, porque ahora el miedo pasa a segundo término, lo importante es convencer a todos los que se pueda, pues al fin de cuentas la verdad es lo que la mayoría cree. Un claro ejemplo es el miedo nacional y aún vigente de la influenza, donde la gente se divide en los que creen que es una mentira del gobierno y por ende exiliar el miedo; y los que creen en el virus y en la muerte y qué será eso y que Dios nos salve.

El miedo nace en la boca del lobo que no se ve, como en el cuento de Pedro y el lobo, que más que un cuento es una profecía. Se temía de lo invisible, de lo inexistente, hasta que el pueblo cansado de tomar sus armas, de rezar a sus santos, de no ver, decidió no creer. Es un claro ejemplo de lo que puede pasar si permanecemos ciegos más tiempo del recetado.

No se debe de tener mucha confianza, pero supongo que tampoco mucha conciencia, ya que ésta última es la que han usado para plantarnos un temor diferente sin permiso, dándonos a conocer los riesgos si hacemos o si dejamos de hacer, un miedo con instructivo.

Nos llenan la cabeza con medicamentos que nos previenen de enfermedades que desconocíamos y que al escucharlas sentimos al instante los primeros síntomas; necesitamos comprar una caja de pastillas para sentirnos mejor, y otra caja a la abuela para no sentirnos culpables, porque como ya no escucha ni ve bien, olvida o ignora que es su obligación vivir asustada.

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