>> Por Carlitos Cañedo Ornelas
La terminal de autobuses no es ni la más pequeña ni la más grande de todas las que reciben y envían gente desde y hasta Los Altos de Chipas, es más, es una de las terminales que menos afluencia tiene; sin embargo para mí era la terminal más importante. Desde hace tiempo me había interesado en esta ruta, desde la página de internet la había trazado, había solicitado información, había preguntado tanto a autoridades como a civiles chiapanecos sobre su localización, su distancia y sus características. Yo sólo tenía una misión: llegar a Oventic, el “Corazón Céntrico de Los Zapatistas Delante del Mundo”.
Desde 1994 los zapatistas se erigieron como un modelo de rebeldía alternativo ante el mundo. Indígenas armados y encapuchados alentaron las esperanzas de cambio disueltas con el tiempo, esperanzas que no se sentían en el mundo desde la Guerra Cubana y el 68. Los indígenas de la sierra, cubiertos por su pasamontañas, nos entregaron la concepción de que esa esperanza de revolución no había muerto, que seguía tan viva como antes, que las miradas cubiertas por paliacates y pasamontañas tenían una convicción, tenían un propósito. Ese era motivo suficiente para acudir a un lugar tan alejado en la sierra, tan diferente a mi tierra natal pero tan cercano a mí en el corazón y en la mente. Quería conocer si todo lo que había leído y escuchado era cierto, quería tener una percepción que estuviese lejana de las pretensiones fashion revolucionarias en las que se ha convertido el levantamiento y el movimiento zapatista.
El viaje comenzó en el autobús que tomé en San Cristóbal de las Casas, donde se pueden encontrar mujeres tzotziles ataviadas con la indumentaria tradicional, hombres chamulas sin su chuk (calurosísimo por cierto), niños curiosos que me observaban como tal vez nosotros solemos verlos a ellos cuando mendigan en las calles; gallinas, dulces y bolsas llenas de fruta y verdura completaban ese transporte tan peculiar. El tzotzil sonaba en todos lados, desde las pláticas entre los señores hasta el regaño de la madre al niño, la radio sonaba en tzotzil, los anuncios eran en tzotzil, es decir, aquí en la sierra el español es un extraño, empleado sólo para complacer a los turistas que se empecinan a menospreciar esta lengua antiquísima y que ven en los indígenas una figurita folclórica, un mexican curious.
Mi primera parada fue San Andrés Larráinzar, de ahí tenía que tomar un taxi hasta Oventic como a veinte minutos de distancia. Este fue el lugar de los famosos (e infames) Acuerdos de San Andrés, aquellos firmados en febrero de 1996 en el que el gobierno mexicano se comprometía modificar la constitución en materia indígena, a respetar los usos y costumbres y el modo de vida de las comunidades, acuerdos que hasta este momento no se han cumplido por parte del gobierno.
San Andrés Larráinzar (o Sakamch’en de los Pobres para los zapatistas) es un pueblo pobre y pequeño, conocido en todo el mundo, pero pequeño y pobre, lleno de casas de adobe y techos de madera. De aquí tomé un taxi hasta Oventic mientras el conductor me explicaba sobre la sierra, sobre su infertilidad y lo fría que puede llegar a ser. Me dijo que él es zapatista, como la mayoría de los habitantes de la región. Al preguntarle que si que había sido por convicción o por nacimiento, él decía que era zapatista por decisión, “somos compañeros” me dijo. Sin embargo no veía yo a este hombre con pasamontañas ni botas militares, mucho menos con un arma en la espalda, en lo físico era un simple hombre más.
Seguíamos en el sinuoso camino y en la estrecha carretera en lo alto de la sierra de Chiapas donde las neblinas y la lluvia es lo de siempre. Mientras veíamos casas coloridas, cruces católicas y templos evangélicos, pueblos pequeños pero de pasado grande, bosques muy verdes y mujeres hilanderas en la orilla del camino, pasamos un aviso en blanco que nos anunciaba que estábamos ya en territorio zapatista, “Donde el pueblo obedece y el Gobierno manda”.
La llegada a Oventic fue alucinante. De un lado de la carretera se encontraba la Clínica La Guadalupana que atiende a indígenas zapatistas y no zapatistas, y del otro lado se alcanzaban a ver las pequeñas casas, las tiendas comunitarias y el cuartel de seguridad. Al llegar a la reja que separa a Oventic del resto del mundo un hombre con pasamontañas y con un arma en su costado, en un precario español me pregunta el motivo de que me encuentre ahí. Le explico, le muestro mis documentos y acto seguido el hombre abre la puerta y me deja pasar. Me dice que me dirija a la comandancia de seguridad zapatista, me acompaña, como vigilando si los motivos de que me encontrase ahí fueran ciertos. Sonaría algo ridículo decir que al interior de este pequeño enclave se siente algo distinto, pero es cierto, se siente una paz enorme, un sentimiento de seguridad absoluta cuando se ve a las mujeres en su andar y a los niños jugar en la única calle de Oventic. Me dirijo al interior de la pequeña casa de seguridad donde tres hombres encapuchados me observan, estrecho sus manos y comienzan a preguntarme sobre mis generales y mi identidad. Piden mi identificación.
Mi corazón late más rápido que nunca y se entremezcla en un sentimiento extraño, una conjunción de ansia con felicidad, felicidad porque estaba ahí, en el caracol rebelde zapatista donde todo el ambiente tiene un sello de belleza combativa, de romanticismo revolucionario, donde afiches de comandantes se juntan con dibujos de niños zapatistas en todo el pequeño local mientras que una bandera enorme del EZLN ocupa la mayoría de la habitación.
Después de ser aprobado y registrado me piden que siga a un “Compañero” el cual me guiará hasta la Junta de Buen Gobierno donde el lema es “Todo para todos, Nada para Nosotros”. Pasamos por todo el pueblo, a lo lejos se alcanza a observar la cancha de basquetbol que sirve para albergar los encuentros anuales para conmemorar los primeros de eneros, además que a un lado está la secundaria con el interminable nombre de “ESCUELA SECUNDARIA REBELDE AUTÓNOMA ZAPATISTA “PRIMERO DE ENERO”. “Todo esto es de nosotros, nosotros lo trabajamos” me comenta el compañero al que no le pregunto su nombre. “Allá como a diez kilómetros está una base militar”. ”Siempre nos han querido meter presión pero ya aprendimos a no seguirles el juego” me comenta, explicándome que al fondo de la cañada existe una pequeña base del ejército mexicano.
Todo el pueblo está decorado con murales coloridos en sus paredes, figuras con pasamontañas, imágenes de Emiliano Zapata se entremezclan con la del Subcomandante Marcos (acá le dicen “el Sup”) y con la del Che Guevara, hasta una virgen de Guadalupe con un paliacate se puede observar. Niños, animales y alusiones indígenas están plasmadas junto con leyendas como “Viva la Revolución” o ” Viva el EZLN”. “Todas las pinturas las hicieron gente de fuera, nosotros no sabemos pintar, no somos artistas, nomás somos gente de campo.” Me comenta el compañero al preguntarle.
Ingreso en la pequeña choza donde está la Junta del Buen Gobierno y cuatro personas me esperan en el interior, dos de ellas hombres y dos de ellas mujeres. Todos cubiertos por pasamontañas. Me vuelven a preguntar el motivo de mi visita y mis datos, acto seguido me explican todo lo que involucra a este lugar, todo lo que tiene que ver con la autonomía del pueblo zapatista. Me explican que es parte de los siete caracoles de los municipios autónomos zapatistas, Oventic es el caracol número II. El hombre que está al centro explica: “A nosotros nos escoge la gente, nosotros no hacemos campaña, hacemos una junta donde postulamos a quien queramos y con votos los elegimos.” “No somos como el mal gobierno, que nomás promete y no cumple, nosotros no estamos acá por el dinero, aquí ni dinero recibimos ni dinero tenemos.” Al preguntarle hasta que punto llegaba la autonomía y la no dependencia del gobierno dice, “Nosotros no aceptamos nada del gobierno, son limosnas, lo que comemos y lo que vestimos sale de nosotros mismos”. Es entonces cuando me llega la concepción de lo que significa ser un pueblo en autonomía y en rebeldía, un pueblo que se mantiene de lo poco que le pueda ofrecer la tierra, de lo que recibe por parte de los turistas (que por acá me dicen que no son pocos los que vienen) y las tiendas comunitarias donde venden de todo, desde huipiles hasta discos de Manu Chao.
Es un aprendizaje enorme lo que se experimenta al comprender este modo de vida alternativo. Es cuando uno observa en los afiches de las paredes de esta pequeña Junta del Buen Gobierno, en los murales pintados en todo el pueblo, en las tiendas comunitarias alejadas de todo tipo de merchandising, en las clínicas gratuitas, en los niños y las niñas corriendo por las calles, en los hombres mujeres de mirada caída pero llena de esperanza que se esconden detrás de un pasamontañas lo que significa en realidad la lucha contra el mal gobierno, contra la opresión y el racismo hacia los pueblos indígenas.
El movimiento zapatista no es violento y es más que el EZLN, un ejército que se resiste a desaparecer. El movimiento zapatista está en contra de otro tipo de violencia más descarnada, violenta y cruel, la del neoliberalismo, una violencia de la que todos somos víctimas, pero más ellos, los siempre olvidados. La propuesta de los zapatistas es extender esta lucha a todo el mundo para crear uno nuevo donde quepan otros mundos, para crear un mundo donde el mal gobierno ceda para extender la esperanza y los ideales de igualdad.
Es aquí en Oventic donde aprendo a no juzgar a priori a esas miradas ocultas tras el pasamontañas, aprendo a ver a esas miradas con dignidad y respeto. Es aquí en Oventic donde me dan aliento esas miradas pletóricas en sueños y esperanzas situadas en lo más profundo de Los Altos de Chiapas.