Según la neurolingüística después de repetir cierto número veces una frase, una cifra o cualquier otra cosa, ésta queda impregnada en nuestra memoria como una huella, y esa ha de ser la finalidad del IFE, pues con tal saturación de anuncios en radio y televisión difícilmente podremos olvidar a la señora que abusan de su necesidad, y al señor que asaltaron, secuestraron y le quitaron el apoyo. No es raro ver que después de un lapso de 10 minutos aparezcan juegos de dos o tres trasmisiones cuyo contenido electoral nos exhorta a votar, a realizar denuncias ante abusos de autoridades o ciudadanos corruptos, y nos invitan a tener un acercamiento a los candidatos.
Por May Rovles
Sin duda la intención es buena, los mensajes son creativos y tienen elementos distintivos que logran llegar a las masas ya sea por el toque divertido o reflejante respecto a lo que ocurre en nuestra vida diaria, y todo con el objetivo de promover la democracia en México. Lo cual va bien, de no ser porque cada uno de esos esfuerzos masificados y continuos tiene un costo, y muy alto. Basta indagar sobre los altos ingresos que maneja el Instituto Electoral, así como las cantidades estratosféricas que son asignadas a cada partido político para el desarrollo de sus campañas. Tan sólo para este año el IFE solicitó un presupuesto de $16,000 millones de pesos de los cuales dos terceras partes se quedan en la institución y la restante se va a los partidos. O qué podemos pensar al darnos cuenta que su manutención diaria es de 15 millones de pesos y este año se eleva a más de 40.
PRI, PAN y PRD siempre van a la cabeza, de ahí para abajo el resto, los cuales a pesar de tener poca presencia o número de votantes nacionales, es evidente que sus recursos son más que suficientes para mantener por semanas a una comunidad entera. Es en este punto cuando el contraste es obvio e indignante. De acuerdo al Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), 50 millones de mexicanos viven en pobreza y cerca de 12 millones sufren pobreza extrema, esto mientras los elegidos se rascan la panza o se la jetean en su curul pretendiendo que toman decisiones entre rabietas y alborotos de mercado. ¿Es justo gastar tanto en política, es la prioridad de este país?
Comprendo que uno de los fines de campaña es dar a conocer propuestas, obtener votos y ser así los ganadores de cierta contienda, no obstante, pareciera que como pueblo gran parte de nuestros impuestos se destinan a crear muñequitos de anaquel, copetones al lado de gaviotas o chaparritas glamorosas de joyas prestigiosas, los cuales seducirán nuestros oídos, alegrarán las pupilas y atravesarán nuestra mente con ideas prometedoras, algunas falsas y otras fuera de contexto, algo inalcanzables respecto a la realidad actual.
¿Pagamos por ser engañados? Es probable. Si no es así, entonces cuál sería la explicación que respalda las grandes estrategias creadas por el marketing político y los gastos empleados en asesores, maestros de la oratoria, magos del photoshop y patrocinadores élite. Esto cuesta un chingo, más que las despensas, las tortas y los chescos, los volantes, el típico mandil del candidato pasita con cara de dictador, el juego de cucharas y cazuelas, los abaniquitos chafas de cartón y limpia-lenguas, o el kilo de frijol con billete incluido que son repartidos.
Lamentablemente todo va en cadena, nosotros pagamos y también aceptamos, algunos evaden el voto, prefieren callar y que eso haga ruido, otros venden su credencial en busca de un beneficio, tal vez pensando que al menos conseguirán un dinerito que no volverán a ver en 3 o 6 años; la necesidad es mucha, los compromisos cumplidos pocos. Se prometen líneas verdes y encontramos caminitos de piedra, se realizan ciclo-vías que desembocan en postes o en plenas avenidas. Se busca la paz y encontramos guerras sin preparación. En qué punto la intención no basta y termina por reafirmar la decepción del pueblo.
En fin, volviendo a la cuestión inicial, me pregunto si pesará más un TE-LO-DI-JE por no estar en la lista o uno por darse cuenta que apoyé el triunfo de un gel-boy, un peje o una chica decidida, pero ninguno nos sacó del hoyo. ¿Y podré denunciar a la FEPADE por contaminar mi ambiente y hostigarme psicológicamente? Ok, no la demandaré, sólo espero y le baje al número de sus anuncios, o bien al número de recursos que al parecer no encuentra a qué destinar. ¿Cuesta tanto la democracia?
@mayrovles