Narraciones extraoficiales y cifras inexistentes
23 Oct
Narraciones extraoficiales y cifras inexistentes.
El 29 de abril de 2009, en el marco de la psicosis nacional por una supuesta pandemia inminente, se aprobó una ley que permitía la portación de una cantidad minúscula de ciertas drogas cuyo tráfico es ilegal. En tal momento la noticia no levantó tanta polémica quizá porque se vio eclipsada por la gran expectativa generada por la propagación del virus de la influenza AH1N1.
Algún tiempo después, el Secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna, dio a conocer en conferencia de prensa nuevas disposiciones para las personas que fueran detenidas por portación de drogas para consumo personal y las dosis permitidas, entre las cuales se incluía remitirlos a un centro de rehabilitación en caso de reincidencia, esto como parte de las acciones en la lucha contra el narcotráfico emprendida por Felipe Calderón desde el inicio de su mandato.
Tanto el gobierno municipal como el estatal también se sumaron a esta lucha contra el narcotráfico, adquiriendo nuevas y flamantes unidades para patrullas, creando grupos de reacción inmediata e invirtiendo buena parte del presupuesto en “seguridad pública”.
A continuación se presenta la crónica de una experiencia relacionada con este tema, según el testimonio de una persona de 19 años de edad, sexo masculino, estudiante, cuya identidad prefiere permanezca en el anonimato por razones personales.
Jorge sale de su escuela a las 15:00 y comienza el recorrido a pie que lo llevará a su casa ubicada en el sur oriente de la ciudad, en su mochila lleva una libreta, pinceles, varios tubitos de pintura de óleo, algunas plumas, una pipa y una bolsita con un “30″ de mariguana.
Jorge es sincero, admite que fuma mariguana desde hace tiempo; a veces incluso en su misma escuela y no se excusa en problemas familiares ni sociales, lo hace porque le gusta, aunque ese día no lo hizo, o por lo menos hasta el momento no lo había hecho.
Casi está por llegar a su casa, va cruzando la avenida Aguascalientes a la altura del monumento a Juan Pablo II, y dos camionetas de la policía estatal con aproximadamente 5 agentes en cada vehículo, unos encapuchados y otros no, algunos con fusil en mano, lo abordan para una inspección de rutina; nervioso, Jorge accede, y de su mochila sacan la pipa y la pequeña bolsa donde se encuentra el puño de hierba, la pasan entre ellos; unos ríen burlonamente, un oficial lo toma del brazo y le dice: -”mira nomás, si la pinche facha de mariguano se te ve a leguas, órale cabrón, súbete”-.
A jalones lo suben a la parte trasera de la camioneta y lo esposan a uno de sus postes, dos policías encapuchados van parados en la parte de atrás con él; y los demás en la parte de adelante. Por un lapso de aproximadamente una hora las dos patrullas siguen juntas dando rondines por la ciudad con Jorge esposado a la parte de atrás del vehículo. Jorge pregunta: -¿Voy para el C4?- A lo que el oficial sólo niega con la cabeza sin bajar siquiera la mirada; -¿Entonces a dónde?- Ahora sí baja la mirada el oficial y le dice con voz fuerte, a la vez que pega con una mano a la estructura metálica de la cual se apoya: -“Ya cállate cabrón, mira que no me quiero pasar de verga contigo”-.
Las camionetas siguen en su ruta, hasta que se paran en un terreno baldío en orillas de la ciudad. El policía libera del poste la muñeca izquierda de Jorge, lo baja de la camioneta y le esposa las manos cruzadas por encima de su nuca; Jorge está parado, en medio de aproximadamente 10 policías, se dicen cosas entre ellos, platican de tal o cual persona e incluso sobre mujeres, parece ser un día común y corriente para ellos; dos se acercan a Jorge, le preguntan su nombre y su dirección, sacan su cartera de su bolsillo y lo confirman en su credencial de elector; un policía le pregunta:
-“¿Dónde compraste esta chingadera”?- enseñándole la bolsita que le había sido confiscada.
Jorge con la mirada al suelo le dice que se la regaló un amigo. El otro policía le da una cachetada para levantarle la cara,
-“¡¿Qué amigo, cómo se llama, dónde vive?!”-
Los otros policías observan, uno de ellos ahora trae una especie de bastón.
-“No sé”-, les responde, -“nomás sé que le dicen el chino”-
-“No te hagas pendejo, ya dinos pinche escuincle”-
-“Es que neta no sé carnal”-.
Al momento exacto de pronunciar esa palabra Jorge recibe un puñetazo en la cara al tiempo que el oficial que se lo dio le espeta:
-”¡Cuál carnal pendejo, yo no soy tu carnal, yo aquí soy la autoridad!”-
Jorge levanta la cara y le dice:
-“Ok, pero no se pase de…”-
Y recibe ahora un duro golpe en el estómago que dobla sus rodillas, pero su orgullo lo mantiene de pie.
Algunos policías ríen burlonamente.
-“Ah, te crees muy chingoncito, ¿no cabrón?”- y le da otro golpe a media cara.
- “Eres una pinche lacra cabrón, y te va a cargar la chingada por andar metiéndote estas madres”-.
Jorge se queda parado sin hablar, todavía con las manos esposadas, de pronto recibe un cubetazo de agua por la espalda, algunos policías ríen, el policía con el bastón se acerca hacia él y sin decirle nada le da un choque eléctrico que estremece cada vena de su cuerpo; Jorge ahoga un grito en su garganta y recibe otro choque que lo vuelve a tomar por sorpresa pero no lo tira, Jorge sigue de pie, algunos de los policías siguen riendo, otro espera en la patrulla checando la radio.
Jorge sigue parado, un policía le quita el gorro que trae y con unas tijeras le corta el pelo por mechones, por momentos las tijeras pellizcan la piel de su cabeza, el policía termina en un minuto, el pelo de Jorge queda casi al ras en unas partes, largo en otras.
-”Agacha la cabeza cabrón”-, Jorge sigue las órdenes pero no demuestra miedo, sólo observa de reojo los zapatos de los policías, siente que uno se acerca a sus espaldas, y escucha el agitar de una lata de pintura en aerosol, el policía no le dice nada, sólo le da una abundante aplicación de pintura en la cabeza por un minuto o dos; le jala la frente hacia atrás para levantarlo y queda cara a cara con Jorge, le dice:
-”Ya estás marcado cabrón, pa´ que sigas haciendo tus pendejadas”- y le tira su credencial de elector a los pies, otro oficial lo libera de sus esposas, suben a las camionetas y lo dejan ahí.
Jorge tarda una hora y media en llegar a su casa caminando en un estado de cuasi letargo. No dice nada, se mete a su cama, se acomoda en posición fetal y se tapa hasta la cabeza…
Al preguntarle a Jorge por qué no denunció los hechos me responde: -“¿Y tú crees que de veras van a hacer algo?”-.
Jorge no es el primero y cree no que será el último.
Según las quejas presentadas en la Comisión Estatal de Derechos Humanos esto nunca pasó con Jorge ni con nadie más.


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