El 2012 se dejo venir. Con explosiones en el cielo, alcohol en las tripas, docenas de uvas engullidas, ropa interior colorida y los generalmente incumplidos propósitos de año nuevo. Yeah.
Estos propósitos rara vez dejan de llevarse a cabo después del primer mes del año, la rutina y todos los componentes de la vida diaria que no fueron tomados en cuenta a la hora de elaborarlos, terminan por convertir a estos propósitos en poco menos que basuritas del saca-puntas que no tardan en ser tiradas al bote de basura, o al piso, depende de que se te haga más cómodo.
La verdad es que nada aterra tanto a las personas como salir de una zona de comfort, por lo que a la hora de ponerse a trabajar para mejorar sus circunstancias o como mínimo modificarlas. Pasa que hasta la más pequeña de las grietas se convierte en abismo y ni modo, ¿Qué se le puede hacer? ¿Qué? ¿Internarlo de verdad? ¿Cambiar yo? Eso no, que el mundo cambie ¿yo por qué?
Para que engañarse, los responsables de nuestra condición somos nosotros. Sóo de nosotros depende hacerle caso al despertador para llegar a tiempo a donde sea que tengamos que llegar; nosotros decidimos si pedimos dos o cuatro tacos de cabeza con harta cebolla porque si no, no saben rico; uno decide si agarra un libro o se pone a ver la novela de las nueve de la noche, la cual está más emocionante que la de las ocho, pero no tanto como la de las cinco, aunque con mejores galanes; es cuestión subjetiva el saber cuánto tiempo se le dedica al estudio y cuanto a Facebook; a cuantas clases entrar (luego no se anden quejando mis autónomos editores) y que apuntes tomar.
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11/01/2012 – 15:30 // 

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