Soy estudiante de intercambio, mi país es Argentina. Salí becada en el programa JIMA (Jóvenes de Intercambio México-Argentina) y vine a estudiar Comunicación en la Universidad Autónoma de Aguascalientes durante un semestre. Puedo decir que la razón por la que estoy aquí comenzó con una necesidad de cambio en mi vida y continuó con una seguidilla de trámites y un sinfín de papeles, pero no fue hasta la tarde en que un amigo me escribió un mensaje avisándome que mi visa había sido aprobada, que caí en la cuenta de que en dos días estaría a miles de kilómetros de mi casa.
Investigar en internet sobre la ciudad, sus plazas y parques, sus barrios antiguos y la Feria de San Marcos no me preparó para lo que me esperaba, para la amabilidad de la gente y el amor de los que se convertirían en mis amigos.
Después de diez horas de vuelo de Buenos Aires al Distrito Federal y un transbordo, en el avión camino a Aguascalientes observaba las manchas que formaban abajo las casas y los sembrados. Me preguntaba cuál de todas las ciudades sería la de mi destino. Mis dos primeros días los pasé en un hotel y sólo conocía el camino a la Plaza de San Marcos y de allí a la universidad.
Lo primero que aprendí en Aguascalientes es que se toma el camión, no el colectivo y que los departamentos no se alquilan sino que se rentan. Además que una sola palabra puede significar muchas cosas según la frase y el tono con el que se diga, como “chido”.
En mi segundo día en la universidad, al final de la clase se me acercó un compañero y me invitó a una fiesta de un alumno que se iría de intercambio a California. Esa noche ya en la casa de la despedida conocí lo que toman y la música que escuchan. Me enseñaron a bailar banda y a tomar tequila.
La comida fue toda una experiencia para mí, las tortillas, los tamales, el pozole, los sopes,la jícama, la guayaba y guanábana, me eran desconocidos. Y ya no recuerdo las veces que me he enchilado.
Los puestos de comida y las tiendas con vestidos de novia por doquier me llamaron la atención. Y es que en Argentina ya casi no se estilan las bodas. El Día de Muertos visitamos el Panteón de Guadalupe con mis amigos y vimos el desfile en la Avenida Madero; comprendí la belleza de dejar señales para que los que ya no está vuelvan de visita al mundo de los vivos, de llevarles mariachis y sus comidas y bebidas favoritas; una verdadera fiesta, tan distinta a la de mi tierra de pesar y de mera visita al cementerio.
Desde el departamento donde vivo se puede ver la Iglesia de San Antonio, que en las noches se ilumina y me abstrae en pensamientos de asombro por esta experiencia que nunca pensé en vivir.
Cuando me vaya se que no habré probado ni la mitad de los sabores ni conoceré todos los lugares, las fiestas típicas ni las costumbres, pero lo que me llevo se quedará conmigo, ya no importa dónde vaya, el cariño de los que conocí no ocupará lugar en mis valijas aunque sea el recuerdo más grande y bello de mi paso por México.
- Betiana Billiardi