óscar luviano
En ese universo en el que, en 1977, la revista Times reservó su portada de El Hombre del Año a Phillip K. Dick, Paul McCartney murió en un accidente en su mini Cooper, en la fatídica M1 londinense, el 7 de enero de 1967, y yace en una tumba, en un tumultuoso cementerio de Liverpool, bajo el nombre de Mohammed Hadjij. Y sí: tenía 28 años al morir.
La música nunca ha sido suficiente, ni siquiera para los Beatles (que llegaron antes que todos a todo, y tuvieron en ello su tragedia). A los grupos de rock la Audiencia y la Prensa Especializada siempre les han demando sangre y sordidez para justificar su estatus de semidioses. Y sí: hasta en 1967 resultaba en extremo light la historia de esos cuatro muchachos de familias obreras, surgidos de las calles pringosas de Liverpool para ganarse el cielo Una historia de hadas demasiado soft (¡dos de ellos incluso estaban reglamentariamente casados!), y como los Beatles llegaron antes que todos a todo, estaban obligados a pagar la cuota de locura y sangre que pagarían todos los grupos que, año tras año, década tras década (y ahora siglo tras siglo) han sido candidateados por la prensa musical para remplazarlos y superarlos: The Doors, Pink Floyd, The Sex Pistols, Joy Division, Maniacs Street Preachers y Nirvana. Antes que todos ellos, The Beatles debía pagar su tributo al Carnicero (a veces el público, a veces la Industria, a veces la vulgata), para fundar el camino que asciende al templo del Rock and Roll.
Y como eran los primeros, intentaron pagar esa deuda de diversas maneras. Primero con escándalos a ocho columnas sobre sexo, drogas y herejía (“We are more popular than Jesus now”) y faltas de respesto a la Corona (“El resto haga sonar sus joyas”), pero aquellas eran travesuras equiparables a las del naciente jet set o las estrellas del cine, y ni la Audiencia ni la Prensa Especializada mordieron el anzuelo.
La vulgata demandaba sangre Beatle. Y entonces, al menos cuatro veces, los Fab Four intentaron complacer a los dioses technicolor del rock, antes de ceder a Paul.
Su primer sacrificio fue, claro, la imagen angelical del grupo. Rubber Soul (1965) reveló en este universo (que a diferencia del otro nunca quiere ver lo obvio) la carrera sin destino a la que The Beatles se había sometido: dejar de ser ellos mismos, siempre, a cada instante. Una metamorfosis radical evidente en el contenido del álbum: habían dejado atras las baladitas adolescentes, las armonías vocales cristalinas, las guitarras bien afinadas, y se sumergieron en las huestes dylanianas, la distorsión, la crítica social, y Déjame tomar tu mano se había convertido en el sexo mariguano del Bosque Noruego, y gritar Help le servía de muy poco al Nowhere Man.
Encarrerado, el grupo graba en marzo de 1966 la primera canción que les otorgaba cierto tufillo intelectual, alejada del romancroe pop: Paperback Writer (escrita por Paul, su versión libre del Rey Lear). Para seguir con el juego de los beatles después de los beatles, el fotógrafo oficial de la banda, Robert Whitaker, propusó la Portada del Carnicero para el sencillo: si bien los cuatro lucen sus ñoños flequillos, en la foto visten batas manchadas de sangre, sostienen cuchillos y sonríen cubiertos de muñecos despedazados. La Audiencia (quien finalmente pide y recibe el sacrificio) consideró que el gesto tampoco era suficiente. Aunque la leyenda apunta a que Capitol censuró esta portada (según la creencia común, una protesta de Lennon contra Vietnam), la verdad es que se decidió su retiro tras el testeo con grupos de fans. El Rock quería algo más que sangre de anilina y miembros de plástico.
El segundo sacrificio fue la música misma, que nunca es suficiente. La leyenda dice que algún empleado de EMI perdió o robó las pistas originales del disco ubicado entre Revolver y Sargeant Pepper, y que este último (considerado su opera magna) sólo sería un rejunte de lo que se salvó de un disco conceptual acerca de la infancia de los Beatles (una obra delineada por la dicotomía de la memoria fotográfica contra la surreal enfrentadas en las canciones cumbre de McCartney y Lennon: Penny Lane/Strawberry Fields, las piezas de apertura y cierre del album perdido).
Desgraciadamente, quienes buscan Everyday Chemestry lo hacen en el año y el universo equivocados. La leyenda sobre la música perdida de los Beatles es, en todo caso, una reacción mitomaniaca a la negativa del grupo a salir de gira después de 1966: los gritos con los que sus fans sepultaban sus busquedas musicales obligaron a John, George, Paul y Ringo a dejar de ser ellos mismos, una vez más, y recluirse en los estudios de EMI, bajo la sombra de George Martin.
(Entonces, sin que nadie, ni en este ni en aquel otro universo, se diera cuenta, Paul murió, y fue sustituido.)
El tercer sacrificio fue la que hubiera sido la tercer película de los Beatles dirigida por Richard Lester: Up against it. La cinta habría sido para los Beatles lo que de The Wall (Alan Parker, 1982) fue para Pink Floyd. El grupo se había comprometido a otro filme tras A hard day´s night y Help. Paul McCartney (en ese entonces ya sustituido por Billy Shears) encargó la reescritura de un primer guión, un tanto flojo, al dramaturgo Joe Orton, autor de moda gracias a Loot, una farsa de alto octanaje homosexual, y su costumbre de devolver a la biblioteca pública los libros a la con las portadas alteradas con fotos suyas y de su amante desnudos.
Orton entregó una pieza que fue enviada directamente al fondo de un archivero en Apple. En ese guión nunca filmado los Beatles, en un futuro incierto (o en ese otro universo donde nunca se separaron), se han convertido en el obvio fruto de su exitosa carrera musical: terroristas que combaten la represión sexual del estado con asesinatos selectivos, que cometen vestidos de mujer. Al final, cuando los Beatles se han convertido en dictadores de un mundo facista y abiertamente homosexual, Orton les regala una interpretación de si mismos que, para su desgracia, nunca leyeron o no les importó: esos cuatro tiranos pop descubren, para su azoro, que son las cuatro facetas, separadas pero indivisibles, de un mismo hombre: el sacerdote, el enterrador, el doliente y el muerto.
El cuarto sacrificio no podía ser menos que sangre, y la Audiencia y la Prensa Musical tuvieron su sorbo. El prólogo lo dio el Maxwell’s Silver Hammer del amante de Orton, que con esa arma proletaria terminó con la vida del dramaturgo. Unos mese después, el 27 de agosto de 1967, Brian Epstein, el representante de los Beatles, fue hallado muerto en su casa.
Algunas leyendas aseguran que se suicidó con dosis graduales de barbitúricos; otras, que las deudas contraídas por Apple le costaron la vida. Quienes dicen que se mató no se ponen de acuerdo en la causa de su muerte: se dice que Lennon lo rechazó o que Lennon se dejo seducir para romperle el corazón tras unas idílicas vacaciones; otros aseguran que el objeto amoroso de Epstein era McCartney, y que los planes matrimoniales del bajista con la modelo Jane Asher acabaron con la fragil estabilidad del representante.
Hay, sin embargo, un gesto de Epstein que en ese otro universo explica su muerte: poco antes de morir envió a todos sus amigos una postal confeccionada a partir de una foto suya, en la que aparece ataviado como otro miembro más de la Banda de los Corazones Solitarios. Al final, Brian, tuvo el lugar que siempre le habían negado: ser uno de ellos. El Olimpo del Rock reclamaba a un beatle, y lo tuvo. Como todo placebo, tampoco fue suficiente.
Y entonces entregaron a Paul.
En este universo, fueron necesarios dos años y un artículo estudiantil para que la Verdad fuera descubierta. Como no podía ser menos, la conspiración fue echada por tierra en Estados Unidos, donde el 39% de la población ha sido abducida por Ovnis (y tal vez llevada a ese otro universo donde Everyday Chemestry está en el top de todas las listas). En 1969, el escucha de un programa universitario sugiere vía telefónica a la Audiencia que toque Revolution 9 al revés para recibir un mensaje oculto en la voz de Lennon: “Turn me on, dead man”. Inspirados por semejante pendejada, Fred LaBour y John Gray publican en el periódico de la Universidad de Michigan el artículo humorísitico “McCartney Dead; New Evidence Brought to Light”.
El texto desarrollaba un análisis de las rabiosas pistas que los mismos Beatles habían sembrado en canciones y portadas de sus discos sobre la muerte de Paul McCartney y la imposición de un lookalike hindú (el Billy Shears que agradecía la pequeña ayuda de sus amigos) para continuar con el redituable negocio del grupo. La evidencia más rotunda: las placas de un vocho en la portada de Abbey Road (28if, la edad del verdadero Paul si aún viviese) y los mismos Beatles, emperadores de un Universo en crisis (las rencillas estaban por convertir su penúltimo disco en el último), que cruzaban la calle como las versiones irreconciliables pero inseparables de un mismo hombre: el sacerdote (John, de blanco), el deudo (Ringo, de negro), el muerto (Mohammed Hadjij, descalzo, como entran al cielo los musulmanes) y el sepulturero (George, en mezclilla y con gesto amargo, de vuelta de la utopía Maharishi, y en espera de la pala que enterraría, para siempre, a los sesenta).
Sin importar su origen, la vulgata, la Prensa, la Audiencia, aceptaron como cierto el más vulgar y falso de los tributos (ni siquiera la muy cierta muerte de Lennon ha generado tantos ríos de tinta especializada). Y, antes que todos, McCartney aceptó como cierta la noticia de su propia muerte: nunca fue tan beatle como después de 1966. Entonces produjo sus mejores canciones (Helker Skelter, Golden Slumbers, Get Back), llevó su voz al desgarro y tuvo gestos que atentaban contra su función carilinda (la ruptura con Jane, el acercamiento a Joe Orton, la adicción, disputarse con John el mérito en ser el primero en abandonar al grupo). De hecho, los dos últimos discos de los Beatles (en este universo, al menos) son proyectos de Paul: la desesperada inmersión en las raíces de Let it be y el último intento de metamorfosis de los fab four como artis de voudevil que fue Abbey Road.
Pero era tarde, y ni ese tributo salvo a los beatles de la última transformación beatle.
En ese otro universo (al que sólo Phillip K. Dick y el californiano James Richards han tenido acceso), los Beatles nunca se separaron, y siguen grabando discos. Mohammed Hadjij recibe su crédito en cada grabación, igual que Billy Preston. Everiday Chemestry rebasa en su longevidad en Billboard a The Dark side of the moon, y a su muerte, Lennon fue sustituido por un clon. Y los cuatro fabulosos, nunca superados por Duran Duran, filmaron una cuarta película sin título (como el Álbum Blanco). Es sobre un universo en el que los beatles se separaron y su música fue comprada por un negro obsesionado por convertirse en una mujer blanca. Un hombre que también había comprado los huesos del hombre elefante. Y es muy triste.




















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