rodrigo romo cardona
En la habitación de Rojera se respira un aire denso, lleno de olor a tabaco apagado. Denso, con todo y que la ventanilla que se hunde dentro del grueso muro recubierto de cal blanca permanece abierta la mayor parte del día y hasta bien entrada la noche. Un aire que literalmente se puede ver al entrar, pues en él que se distinguen los colores refractados de un extraño tragaluz al centro de la habitación. Extraño por la disposición de sus formas, que a veces parecen la representación de una galaxia y otras, gruesos pedazos de vidrios de colores que alguna mano descuidada dejó caer cuando la fragua del concreto era fresca en la bóveda.
El aire denso de esta habitación también lo es porque contiene recuerdos, voces y músicas. Señales de una época en que los jóvenes se reunieron a debatir el mundo, su presente y porvenir; y lo hicieron escuchando la música de bandas que gritaban ¡hey!, estamos aquí, somos el futuro. Pero, ¿quién sabe lo que pasará dentro de cuarenta años?, ¿lo sabían Dylan, Lennon, Jagger?
En la pared de cal blanca que espera frente a la puerta se hunde una ventanilla que permanece abierta la mayor parte del día, a un lado: dos bocetos al carbón de mujeres desnudas tipo Egon Schiele se contemplan sobre el grueso muro y al otro lado, tres espejos cóncavos con marco de madera dorada, dispuestos del más chico al más grande, multiplican la redondez de la bóveda y la claridad de la ventana hundida dentro del grueso muro. El piso está cubierto por anchas baldosas rojizas en hexágono.
Bajo los espejos una silla y en la silla los pantalones de Rojera -como le dicen los amigos-. Dentro del bolsillo izquierdo: la mitad de un ticket de autobús, una caja de cerillos de madera del café de Alicia a tres esquinas de aquí, una paquete de cigarros vacío y aplastado, otro paquete de cigarros a medio consumir, unas cuántas monedas, una servilleta del café de Alicia en la que se lee manuscrito:
(…) le da forma a los ritos
que terminan por ser
sólo una costra dura de ceniza en la frente
mudanza de hormiguero olvida los porqués
la manía se vuelve animal de costumbres brecha en el pensamiento
mancha de vino rojo en el mantel
El resto del poema es ilegible por manchas de café. Sus letras deformadas asemejan raíces.
En el bolsillo derecho del pantalón de Rojera hay una envoltura de té rotulada sólo con anaranjados ideogramas chinos y una flor de jazmín, tres billetes del bicentenario, una pluma pequeña de tinta negra, una fotografía a blanco y negro doblada en dos; en ella se observa la angosta calle que se extiende desde la ventanilla de la habitación, las típicas fachadas de las casas, las banquetas vacías; debió tomarse muy temprano esta foto pues aún se distinguen la bruma y la humedad. Detrás de la fotografía escrito en tinta negra: Calle de los Alisos, enero, muy temprano.
En otra servilleta del café un verso escrito con tinta azul:
descampando los
días con
la hoz
del
hastío
mi afilada
manía de la desesperanza
es un
precario
cerrojo
del
miedo
En la pared más larga de la habitación hay un librero hecho con tablas y ladrillos que se recarga en varios estantes contra la blanca cal del grueso muro. En los estantes títulos, principios, inscripciones, hipótesis. En otro estante una foto enmarcada en plata asoma entre los ejemplares de la colección de pintores impresionistas, una mujer en esa imagen, con la mirada triste sobre su hombro desnudo. Frente a los libros hay una mesa sencilla, algunos papeles y libros, dos vasos vacíos, un frutero con una hermosa pera verde al centro, un gran cenicero. Sobre la mesa un cuadernillo abierto en el que leemos, manuscrito:
Inventar y/o punto de fuga al inverso
La memoria
es más impredecible que el futuro,
la parte más inestable del tiempo,
semejante
al rizoma
de una
planta.
Porque cualquiera puede saber
que pasará mañana
pero la historia
tiene tantas caras
como lenguas de aquellos que la cuentan.
En uno de los papeles escrito a máquina leemos: “Para identificar a los exponentes de la contracultura actual tendríamos que pasar de lo hipster o lo beatnik a lo más decididamente psicodélico original.” Y anotado a lápiz: algún gurú del marketing estilo gringo nos podría recetar esta frase en la contraportada de uno de sus libros best seller que luego será convertido en episodios de televisión o con mejor suerte película del circuito alterno que el mismo marketing se ha creado. Hoy en día, la contracultura se asimila de inmediato al circuito comercial en todos sus niveles.
¿Dónde estás Rojera, cómo saber si tu ausencia será definitiva? Hace dos días te vieron en el café de Alicia, todo normal; pediste tu expresso con cascarita de limón, vaso grande de agua fría, cenicero, el diario del día para apoyar tu moleskine. Sacaste la pequeña pluma negra y comenzaste a garabatear, a fumar, a mirar a ningún lado, a escuchar la calle de los Alisos atardeciendo. ¿Dónde estás Rojera?
Un olor amarillo sube hasta mi nariz: afuera un perro callejero escarba en el baldío, desentierra los huesos de otro perro y me hace parar en seco este relato. Miro en la pantalla de la máquina en que escribo imágenes fantásticas: PRÓTASIS,Temple de huevo y óleo / lienzo / tabla, 140 x 60 cms, 1997 y VÓRTICE / VORTEX, Temple de huevo y óleo / tabla, 130 x 93 cms, 1998. Leo después en www.dinovalls.com/scriptura.php(…) Dino Valls viaja, desde la claridad y la conciencia, hacia la oscuridad que nos habilita y nos conforma íntimamente. Desvela estados psíquicos, angustias, visiones dobles que irrumpen desde el fondo del espejo, y nos avisa de que bajo los ropajes de la belleza, tras la piel del deseo, se oculta la fragilidad y la turbiedad, mujeres de mirada herida, criaturas que combaten la insoportable melancolía del sueño (…)
La habitación que ocupo guarda en el aire denso trazas de algún color. Frente a mi escritorio espera una puerta abierta. Afuera el mundo.



















Atrayente