geney beltrán félix
Al abrir los ojos, escucha los ruidos de las patas del perro en el techo. Es un dóberman, lo ha visto varias veces en la acera, en el elevador con los dueños. Son un gringo y una mexicana, no tienen hijos. Viven en el departamento ubicado exactamente encima, en el último piso.
Él escucha las pisadas del perro. Lo ve, fúrico: el animal corre por los cuartos, se sube a las camas, ladra. Lo ve rojizo: se ve golpeándolo con un látigo, cortándole con un cuchillo el cuello. Ríe, la sangre mana, el perro aúlla. El odioso olor a perrera, persiste.
La mañana le entra en las pupilas en forma de un sopor blanco, luz densa de un día en el desierto; obnubilado, es como si la percepción de las cosas se le hubiese distendido por las paredes del cuarto. Se sobresalta: en dos días la renta: ¿qué hacer? Sale muy caro divorciarse. Ve el ventanuco y los dos libreros a la izquierda, la mesa blanca y la computadora. Ya, es todo. Sigue aquí.
Volvió a soñarse en Culiacán. Era otra casa, una nueva y diferente, una jamás vista siquiera en esa movediza realidad del sueño. Ahora se veía a sí mismo en la azotea de una casa de tres pisos, era un barrio muy jodido y sucio de banquetas irregulares y sin árboles. Sentado en un tabique, él veía los techos de las demás casas —obra negra, tendederos, tinacos—, las fachadas sin pintar, los cables como lianas vivas, desobedientes a cualquier armonía, y entonces su padre subía y lo regañaba. Acababa de leer su novela, era asquerosa —le decía—. El padre lo corría de la casa, el joven se levantaba y se veía como otro (un cuerpo separado del suyo): desaparecía lentamente al bajar por la escalera de caracol. No recuerda más.
La compacta noche del sueño se disipa, los sentidos se reconcentran. Oye la voz de don René en el cuarto de al lado, hablando por teléfono. El joven pasa al único baño del depa —lo comparte con el casero y el otro inquilino—, orina, retrata su rostro en el espejo. Se rasca entre las cejas y en la frente y la piel se le escarapela como capas de pintura en pared de casa antigua. Le arde. Abre la puertita del botiquín, saca el cepillo y la crema; se restriega los dientes, inquieto por el recuerdo del sueño, molesto por su pusilanimidad automática. Querría ser un ojete —piensa—, mandar al diablo a su padre en esos sueños. Un hijo de la chingada, no un pendejo —escupe en el lavabo—. Debería ir y buscar a Claire, plantarle sus buenas patadas a esa perra.
De regreso en su cuarto, escucha abrirse la puerta de la recámara de don René, luego los pasos del viejo en la cocina. Un escalofrío (en la cara se le tensan los músculos). Frente al casero se descubre nervioso, como si en cualquier momento ese hombre pudiera atraparlo en falta y lo llegase a expulsar del cuarto, arrojando su ropa y libros al estacionamiento. Don René (divorciado, calvo, sexagenario, músico nocturno) es ciertamente siempre amable con Emarvi, ¿de dónde le sale a él la insegura distancia, ese cosquilleo miedoso frente al viejo? ¿Acaso de esas rachas de borracho duradero que lo acometen cada cuando? En esas ocasiones, al llegar de ver a su hijo Emarvi se encuentra al hombre en la sala frente a botellas y vasos de whisky, jugando dominó o viendo la tele con amigos, y recibe invitaciones para unírseles aunque siempre, distante y secamente, las declina; esas pedas le duran al casero días y semanas y no terminan sino cuando su ex mujer, una cincuentona fornida y de acento cubano, viene y lo conforta diciéndole quién sabe qué cosas, luego terminan cogiendo. Una vez lo hicieron en la sala: fue bochornoso oírlos desde el cuarto e imaginar las carnes fofas y agitadas sobre el sillón sudando en una sórdida entrega de alcohol y anciano semen.
Emarvi se desviste. Toma la toalla, sale al pasillo, se mete a la regadera.
Ahí está su cuerpo. ¿Es él? ¿Una persona es su cuerpo? Ahí está él, bajo el chorro del agua. Se ve las piernas, los genitales, el tórax. ¿Qué hace su cuerpo aquí, en el baño de un departamento, en el cuarto piso de un edificio del sur de esta Ciudad donde el miedo se le vuelve a la gente no una costra en la piel sino la piel misma? Podría estar en cualquier otra parte del mundo.
Su piel huesuda y pálida. Él, ¿qué hace? Ayer lo regañó esa lisiada, y no es tampoco que nunca se haya hecho la misma pregunta. No tiene las fuerzas hoy para mandarla en su mente a la verga. No puede rescindir la existencia de esa chamaca —no en su vida, no hoy por lo menos—. Su padre, el suicida, surgió en un sueño para recriminarle su novela. «Es asquerosa», pronunció. Emarvi sólo se vio bajando las escaleras, lejos del patriarca. Ayer mismo él no tuvo la convicción para negarse al escrutinio de la muchacha, no se levantó airado de la silla, no le respondió con insultos ni huyó de inmediato. Con ánimo inestable, querría —sí— aceptar el desafío. Ha pensado en dejar su empleo, ¿de qué sirve editar textos mentirosos que se escriben para prostituir la realidad con datos y palabras fraudulentos? Querría —y al decirse esto se diagnostica íntimamente un impostor—, querría trabajar en un asilo de ancianos o en un hospital, irse a algún pueblo de la Sierra Sureña y dedicarse a sembrar una milpa, como lo hacían su padre y sus abuelos en la sierra de Durango; por las tardes o los fines de semana leería pasajes de los clásicos a los viejos, las amas de casa, los muchachos que sin duda no siguieron más allá del cuarto año de primaria.
No: querría quedarse todo el día bajo el chorro. Se le desliza un escalofrío a lo largo de la espina dorsal. Ella no es cualquier persona. No puede llamarla una fanática (o una loca), no se reduce la existencia (de nadie) a un solo adjetivo. Elvia es magnética, ilumina, y es también un volcán fulmíneo y que consume. Ha de ser una cosa elemental: en este mundo hay personas extraordinarias. Ella, un ejemplo.
¿Querrá don René bañarse? Debería salirse ya. Pero.
No.
Piensa en Claire.
Piensa en Claire teniendo sexo con el cabrón de Jaime. La ve. Su piel trigueña, esas nalgas gordas, ve su carne joven desnuda sobre un escritorio, recostada y la falda sobre el tórax, abriéndole las piernas a un tipo alto y robusto, de barba. Ella levanta un poco la cabeza, sonríe, su frente suda. Emarvi empieza a frotarse la verga con furia. Le llegan los gritos de Claire, le da coraje imaginarla cogiendo con ese Jaime que ha de lamerle el cuerpo, su sexo (y sus tetas prodigiosas), ha de puteársela todos los días, mañana y tarde y noche, a la muy perra.
Ahora Claire está sobre una cama muy amplia en el cuarto de un hotel, quizá en la playa. Hay unos ventanales a la izquierda, cortinas blancas que el viento hace bailar. Ella está de cuatro patas y un negro la penetra. Claire le dijo en varias ocasiones que su fantasía, vulgarísima, era coger con un negro. Emarvi se masturba con rabia, humillado y poseído por la fiebre del eunuco. La ve, ella grita. Le ve la piel sudada, se convulsionan los dos cuerpos, con la mano derecha el negro le azota las nalgas a Claire mientras la embiste; todo es coraje… Él eyacula. Le tiemblan las piernas, la imagen se borra.
El agua le sigue corriendo por la espalda. Respira. No es nada. Escucha el timbre del teléfono. Le tiemblan las manos, el cuerpo lo siente distendido y la mandíbula floja. Don René toca a la puerta.
—Joven Emarvi, es para usted… ¿Qué le digo?
—Que me hable en cinco minutos…
A los pocos instantes, de nuevo don René (nudillos necios en la puerta):
—Joven, es una emergencia.
Él se cubre con la toalla y al salir se pega en la espinilla con el borde del excusado, ¡si seré pendejo!, ríe de su torpeza y, rengueando, en la sala toma la bocina:
—¡Emarvi, me lo robaron!
—¿Qué se robaron?
—¡Se robaron a Adrián!
—¿Qué pasó? ¿Dónde estás?
Don René se acerca con mirada de preocupación.
—En la escuela, lo traía a su curso de verano… —Luz llora—. Ven rápido… No sé qué hacer, la policía no llega…
Don René pregunta si puede auxiliar en algo. Emarvi tartamudea (deja caer la bocina). Corre a su cuarto, se viste a las prisas y mientras el sexagenario lo acompaña a la puerta, de salida, Emarvi querría desaparecerlo de sus ojos. ¡No estorbe!, le diría (empujarlo).
Baja las escaleras, sale corriendo de la unidad hacia Eje 10. Y toma un taxi.



















Qué buen cuento. Felicidades a Geney.